La responsabilidad social empieza en una compañía competitiva y fuerte. Sólo una empresa en buen estado puede mejorar y enriquecer las vidas de las personas y de sus comunidades.
Si una compañía es fuerte, no sólo paga impuestos que ofrecen servicios importantes, también construye instalaciones de primera que reúnen o superan los estándares de seguridad y de respecto al medio ambiente. Las empresas fuertes reinvierten en las personas y en los centros de trabajo; ofrecen puestos de calidad y seguros que otorgan a sus empleados tiempo, recursos y beneficios espirituales, lo cual repercute de manera importante en sus comunidades.
Por otro lado, las empresas débiles y conflictivas suponen con frecuencia un peso para la comunidad. Apenas obtienen beneficios, o carecen de ellos, y pagan pocos impuestos, si es que llegan a pagar alguno. Se ven tentadas a efectuar recortes para ahorrar: invierten poco en la formación de sus empleados y en la mejora de los puestos de trabajo. La amenaza constante de despidos alimenta la inseguridad y el miedo de la plantilla, cuya preocupación sobre su propio futuro afecta a sus recursos temporales y económicos para ayudar a otras personas.